Por N. REYNOL

 Me llamo Timoteo Fernández, para servirle.

 Así se presentó aquel hombre que descansaba en un banco de la avenida en la que el  circular  de  los coches y  el bullicio de las personas producían un ruido monótono y molesto. Era mayor, después confesaría su edad, 91 años. No encajaba en el  lugar, transitado por cientos de urbanitas, que apuraban la tarde  con prisas y  rostros de  tedio y cansancio. Timoteo era un hombre de pueblo; se distinguía por su vestimenta: pantalón de pana rústica, chaleco de tela con bolsillos altos para guardar el reloj  sujeto a una cadena plateada, camisa  de tonos oscuros abrochada hasta el  ojal del cuello, pelliza con cuello de piel sintética y  una hermosa boina que  guardaba del frio  y empapaba el agua los días de lluvia.   

Con frecuencia pasaba allí y había observado a aquel hombre sentado en el banco, frente a la tienda de “todo a euro”  de la que entraban y salían, sin fin, decenas de personas que caminaban por la acera ausentes de si mismos y  todo lo que les rodeaba. Era tarde vencida cuando la  luz del día reflejaba un  suave rescoldo  y los neones de los escaparates y el alumbrado de las farolas ofrecían imágenes de fin de jornada, acompañadas de ruidos de motor y conversaciones cercanas. 

Me acomodé en aquel banco mientras esperaba al amigo que había citado observando los rostros de los peatones, sus gestos, ademanes y esa permanente indiferencia que, frecuentemente,  parecen tener las  gentes cuando solo caminan con sus pensamientos. Llamaba la atención que ninguna de ellas ofrecía un saludo y que eran ajenas a todo lo que acontecía a su alrededor.

 Timoteo estaba sentado en el  extremo del banco, pero solo nos separaba una distancia, algo mayor de un metro y medio y el silencio obligado que mantienen los desconocidos, aún en la cercanía. Miraba hacia mí con insistencia hasta que pudo atrapar mi atención haciendo un comentario sobre los cambios bruscos de temperatura. Se explicaba con fluidez y un lenguaje preciso, con mezcla de términos y expresiones poco conocidas, pero que eran muestra de su lugar de origen. Había nacido en Valle de Cerrato, provincia de Palencia, pequeño pueblo azotado por la emigración del que también era hijo, me repitió varias veces, Isacio Calleja, futbolista del Atlético de Madrid, famoso en los años 70 del siglo pasado  y amigo de la infancia. El hombre tenía ganas y necesidad de hablar, pero también de  que le escuchasen,  y a mí se me hacía más breve y llevadera la espera de Juan, mi amigo.  

Confesó Timoteo que este semestre le tocaba vivir con su hija Esperanza,  vivía cerca en un piso “muy arregladito”, pero a él le gustaba el pueblo, la ciudad le quedaba grande  y apenas  conocía gente. Acudía todos los días a sentarse en aquel banco para matarla tarde mientras miraba rostros y  comportamientos de las personas que  pasaban.  Su hija y el marido eran  oficinistas, Vivían con desahogo, tenían coche y un apartamento en la playa de Cullera,  pero este  no era su mundo, quería regresar al pueblo, aunque fuese por los seis meses que pronto le tocarían pasar con su otro hijo. Se llamaba  Adrián y trabajaba las tierras que él le dejó cuando su  cuerpo no le permitió  subir al tractor y pastorear  las ovejas. Adrián, solo en verano,  residía en el pueblo, el resto del año vivía en la capital donde disfrutaba  de mayor  comodidad y  una vida placentera. Disfrutaba también de una buena situación económica  con las rentas  que producían los cultivos y el alquiler de los pastos de las 127 obradas, de labor y calma y  las 17 fanegas  de la vega. Timoteo  cedió al hijo, que quedó en el pueblo, el patrimonio que había acumulado durante tres cuartos de siglo, aunque este  vendió el ganado porque exigía dedicación sin descanso.

Timoteo tenía y tiene la mirada limpia, la  curiosidad de aprender  y la palabra fácil.  Observa,  reflexiona  e  intenta comprender lo que no entiende. Cuenta que su nieto Raúl, que este curso concluye sus estudios superiores, paga por caminar, mejor dicho, por correr; fíjese usted que locura: la gente paga por  correr o caminar, pero, además, gastan semanas y meses para tener fuerzas y  concluir  las carreras. El  que inventó las competiciones, previo pago, es un genio, dice.  Mire, le voy a decir algo que seguro desconoce: participar  en  este tipo de carreras  en algunas ciudades de América cuesta más de 1000 euros. No lo entiendo, pero reconozco el mérito de los que saben ganarse la vida con  algo que no tiene valor material y está al alcance de todos

Al fin llegó Juan, con algunos  minutos de retraso, pero nunca jamás me alegré tanto de una demora. La conversación de Timoteo era un relato de sentido común y de coherencia.  Podía estar de acuerdo con sus opiniones o rechazarlas, pero no podía discutir su lógica y  más aun después de conocer superficialmente su trayectoria vital.

Desde entonces, cuando paso por la avenida no dejo de mirar hacia el banco del encuentro. Desde la acera de enfrente  he vuelto a verle en alguna ocasión y confío poder disfrutar de sus opiniones y experiencias durante algún rato perdido. Seguro que él está disponible, pero yo soy urbanita, tengo siempre prisa, aunque para facilitar un nuevo encuentro lo más aconsejable es quedar citado con algún amigo cerca del banco de la avenida.  

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