Por N. REYNOL

El silencio invadía el lugar, aunque no podía acallar el lento movimiento de las olas que llegaban a la orilla y depositaban la espuma  para retornar una y otra vez a la inmensidad de océano. De la luz del día restaba una raya en el horizonte de colores rojizos, que anunciaba la presencia de la noche, apareciendo de repente acompañada de una ligera brisa que aliviaba el calor de la tarde. La luna, en todo lo alto, iluminaba los riscos que asomaban entre las dunas y el  camino a Nuakchot, que distaba 30 kilómetros en dirección sur.

Todavía faltaban dos horas para el embarque,  los pasajeros venían de diferentes lugares, aunque su mayoría habían sido reclutados en las cercanías de Nuakchot. Llegaban en pequeños grupos, siempre  acompañados por una persona de la organización que, después de recomendarles silencio y cautela, desaparecían, más pronto que tarde, tras el camino que serpenteaba tras las dunas. A aquella hora de la noche, la luna seguía subiendo, la llegada  de personas aumentaba y las miradas en la oscuridad transmitían  la ansiedad  y preocupación que generaba la búsqueda de una vida mejor.

Pasaban lentos los minutos y Ousmané Habidi pudo comprobar, a pesar de la oscuridad, que los congregados eran de raza negra, subsaharianos, como él, en su mayor parte hombres jóvenes, aunque tampoco faltaban mujeres  acompañadas de menores. Resultaba sorprendente que para un viaje sin retorno  portasen un equipaje tan escaso. Unos arrastraban  carritos plegables que hundían las ruedas en la arena, pero  la mayoría  portaban  mochilas y bolsas de plástico en las que guardaban sus escasas pertenencias: ropa de abrigo para la travesía y zapatillas de repuesto, junto a las  conservas enlatadas  y  las galletas para un par de días. Era suficiente porque la organización ya les había trasmitido la prohibición de portar equipajes de mayor volumen u otros enseres pesados. Las previsiones climatológicas eran las adecuadas y  la travesía  hasta suelo canario no pasaría las 24 horas. En tierra ya podrían proveerse de ropa y alimentos.

Mientras continuaba esperando, Ousmané se preguntaba porque estaba allí en aquel momento y no encontró la respuesta. La seguridad que tuvo al tomar la decisión de abandonar su país y el trabajo en el consultorio médico se tamaleaba ahora cuando apenas quedaba tiempo para embarcar y la luz de la luna dibujaba en el horizonte una patera que se balanceaba e escasos metros de la orilla. Ousmané  tembló y fue consciente del miedo que atrapaba su cuerpo y también su mente. Había tomado, seguramente, una decisión mala y era demasiado tarde para volver atrás. Sintió que el corazón aceleraba, el aire no llegaba a sus pulmones, un puño le apretaba el estómago, las arcadas inundaban su boca y comenzó a llorar. Era un llanto solitario, desesperado y sin esperanza que traía a su memoria las incertidumbres de una decisión precipitada que estaba más cerca del fracaso que del éxito. No, no había sido correcta, pero no había alternativa. Regresar era humillante y el fracaso no entraba en sus planes, era mejor la muerte. Llegar hasta allí  le había costado más de la mitad de su patrimonio. Primero tuvo que pagar los 700 euros de la travesía y luego los gastos de alimentación y alojamiento de los 34 días que llevaba deambulando camino de  Nuakchot.

Ousmané había nacido en Gambia; su padre pescador de oficio atendió la crianza de  siete hijos con carencias y sacrificios;  todos ellos asistieron a la escuela misionera cercana a su vivienda. Eran cristianos, aunque la mayoría de la población de Gambia  profesaba la religión mahometana. Quizás por ello, Ousmané  tuvo la suerte y  la oportunidad de marchar a Banjul, la capital, donde los misioneros le dieron cobijo y  la posibilidad de cursar estudios básicos de enfermería. Tenía 26 años, experiencia de cuatro  en el consultorio médico de una ONG americana , la inquietud de tener una vida mejor allá en Europa y la confianza de reencontrarse con Isatou, que residía en Bilbao, después de atravesar Senegal, Mauritania y Marruecos, esperar meses en la frontera de Ceuta y entrar en Algeciras, de forma ilegal y clandestina.  Allí recibió auxilio de una institución humanitaria hasta que inició su marcha hacia el Norte  y recaló en Bilbao donde trabajaba, tras legalizar su situación, en una empresa de recogida y clasificación de residuos urbanos.

La angustia de Ousmané por la travesía a las Canarias  se alivió con el recuerdo de Isatou, que nunca dejó de animarle para que viajase a Europa. Ella, en España, había encontrado, a pesar de su condición de mujer, un empleo que le permitía vivir con dignidad, aunque también sabía que otros compañeros no habían tenido la misma suerte; más aun, de algunos no había noticias desde que abandonaron la familia, aunque Ousmané confiaba este no fuera su caso, siempre había sido un hombre afortunado.

Le habían informado que la embarcación zarparía hacia las 12 de la noche. Era necesario aprovechar las horas nocturnas para navegar las aguas mauritanas. Cuando saliera el sol ya estarían fuera de las mismas y del peligro de ser interceptados por patrulleras de Mauritania o Marruecos. En caso de toparse, era preferible la policía

marítima española o el Servicio de Salvamento Marítimo. El guía que acompañó a su grupo hasta la playa, informó que minutos antes de la 12 tres fogonazos de linterna, realizados desde la patera, avisarían el embarque.

Y llegó la hora. La mayoría de los viajeros pululaban  cerca de la embarcación a unos metros de los riscos. Dos personas acomodaban a los congregados distribuyendo el peso de la barca  para evitar escoramientos  siempre peligrosos. A Ousmané le colocaron en la  en la tercera fila junto a otros tres viajeros que hablaban en una lengua desconocida que denotaba la ansiedad y preocupación que él había sentido hacía unos minutos. De la parte de atrás  escuchó frases  de una conversación en lengua mandinka y pensó que pudieran ser naturales de su país, pero no tuvo ánimos ni curiosidad por averiguarlo. Ya estaban todos acomodados, 41 personas de las que uno parecía el responsable y manejaba  un viejo timón y otro situado cerca de los motores en la parte trasera de la barca. El ruido de los motores mató el silencio y envolvió de ruidos la playa. Ousmané pensó que  inmediatamente la policía podría aparecer tras los riscos concluyendo con la aventura, pero la embarcación entró suavemente mar adentro, el ruido se hizo monótono y cercano mientras el horizonte se cubría con la oscuridad  del océano. Con dificultad, Ousmané   quiso ver lo que dejaba atrás, Africa, que ya añoraba antes abandonarla. Pensó que alguna vez regresaría y en su mandinka natal dijo para sus adentros: For si la do  (hasta la vista).

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