Por N.REYNOL

Hace tantos años que la realidad se mezcla con la ensoñación, pero el recuerdo de lo vivido ofrece la posibilidad de construir un relato que, posiblemente, no se ajusta a lo sucedido, pero se ha  transformado  en auténtico con el paso del tiempo porque el pasado no es como realmente sucedió sino como lo percibimos en el presente.

Recuerdo cuando participé en  la “revolución” y los jóvenes quisimos  cambiar el mundo. Eran  tiempos de lecturas y películas censuradas, canciones protesta, escuchas clandestinas y manifestaciones no autorizadas. Llegaban noticias de la revolución cubana, el mayo francés, la guerra del Vietnam, los derechos civiles en USA y algunos otros acontecimientos que anunciaban cambios sustanciales de convivencia y estilos de vida. En España, excepto algunos incidentes puntuales, el movimiento estudiantil, la revolución de las ideas que imperaba en Europa no pasó de ser un compromiso  personal que escasamente trascendió a algunos sectores de la universidad, de la iglesia o del mundo del trabajo. Pero pensábamos que pronto tocaríamos el cielo, y con él llegaría el mundo de más allá de los Pirineos que ya anticipaban las películas de Bergman, Pasolini, Costa Gravas, Visconti y algunos libros editados fuera de España, especialmente en Argentina y México.

De lo realmente acaecido existen cientos de estudios y publicaciones, pero también la memoria de los  jóvenes de entonces puede dar testimonio de las  reuniones  para debatir sobre cuestiones relacionadas con la libertad, la justicia y el cambio social. Aquellos documentos eran fuente de  pensamiento y confiábamos en su contenido para cambiar el mundo, aunque, en algunos casos, derivó en comportamientos y tomas de postura  que tuvieron para sus protagonistas consecuencias importantes: expedientes académicos, expulsiones de la universidad e, incluso, penas de cárcel que los convirtió en héroes y también en mártires. Fueron los únicos, en cualquier caso, que participaron en la mal llamada revolución, contribuyendo al cambio que necesitaba la sociedad española de los años sesenta

 Hoy, transcurridas varias décadas, cabe calificar aquel fenómeno de sueño juvenil, aunque las condiciones sociales y económicas de la época pueden explicar las actitudes y acciones de lo sucedido entonces. Fue un movimiento limpio y sincero, impregnado de romanticismo e ingenuidad. Constituía una utopía cuando los jóvenes estábamos convencidos que las utopías podían alcanzarse.

El ardor revolucionario murió, en mi caso, con la terminación del tercer curso de carrera. No recuerdo los motivos, pero el largo verano enfrió la creencia de que éramos capaces de cambiar el mundo aunque no pasamos de repartir octavillas, participar en alguna pintada o imprimir algunos folios en la multicopista, que tenían más borrones de tinta que texto subversivo.

Esta fue mi “revolución”, escasamente comprometida socialmente, pero  importante y decisiva para madurar y afrontar el futuro que nos esperaba  más allá de las puertas de la Facultad.

 

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