Por N.REYNOL                                                  

 El jueves de la pasada semana el hijo de mi vecino, llamado Javier, se desplazó a Madrid desde Hamburgo para renovar su permiso de conducir. Este trámite es simple y rápido. Los  centros privados autorizados, tras comprobar que la documentación requerida  a los interesados  es  la adecuada y el resultado de  las pruebas médicas y psicotécnicas  correctas, lo notifican a la Dirección General de Tráfico que realiza los trámites que procedan y seguidamente remite  al domicilio de los conductores , en un plazo no superior a treinta días, la licencia renovada.

Sin embargo la odisea sufrida por Javier, me trajo a la memoria la célebre crítica de Larra  “Vuelva usted mañana”,  publicada en la prensa de los años treinta del siglo XIX, así como la comprobación de  que las  Administraciones Públicas, con excesiva frecuencia,  mantienen similar nivel de ineficiencia que entonces, aunque las causas sean diferentes.

La historia es como sigue: En el centro autorizado para la renovación del permiso de conducir informan a Javier, tras la conexión informática con los servicios de la Dirección de la Dirección General de Tráfico, que el programa no permite la tramitación sin indicar la causa. Le aconsejan  contacte con una de las oficinas de este organismo, al que  seguidamente llama   para conocer los motivos que impiden la tramitación y el departamento o servicio al que debe acudir para solventar el problema.  Y aquí comienza el calvario. La voz aterciopelada que llega a su móvil responde: para obtención de permisos marque 1, para transferencias de vehículos marque 2, y así hasta el 9 que informa: para otros asuntos espere. Entonces  salta la música, la primera vez (hubo varios intentos)  suena la  Quinta de Mozart y después Paquito el chocolatero.  Son las 4,45 horas de la tarde, no hay respuesta telefónica,  y los servicios de atención al público cierran a las 5. Comienza la carrera para llegar antes del cierre. Javier acelera y  llega a tiempo  pero los servicios de atención al público le informan que no tiene cita y no lo pueden atender. Javier entonces solicita cita previa y le responden que solo se da por teléfono o por internet. ¡Toma castaña!. Esto es la leche. Después de desplazarse hasta la Dirección General de Tráfico, que dista varios kilómetros de la casa de sus padres, le dicen que no es posible tramitar su petición de cita previa. A todo esto ya son las cinco de la tarde y el servicio de atención al público se cierra hasta la mañana siguiente.

El cabreo en aquel momento era  de record (supongo que de Guines), pero  hay que ser positivo;  el viernes se podrá arreglar el problema  y regresar a Hamburgo el sábado por la tarde, piensa Javier. ¡Qué Iluso!. Lo que esperaba la mañana del viernes es para mear y no echar gota.  A primera hora, Javier intenta conectar con Tráfico y después de escuchar varias veces el concierto telefónico, renuncia, nadie descuelga en Tráfico.  Llama a su amigo Antonio,  le pide prestado su portátil, pero tiene que llegar a su casa. Reside en un barrio alejado del centro, pero allá acude, le saluda, abre el portal para citas previas de Tráfico y aparece una información en negrita que dice: No hay huecos horarios para citas previas. Disculpe las molestias. Bueno, bueno, bueno… (por no decir coño, coño, coño… o cualquier otra expresión que desahogara su inmenso cabreo). Su amigo dice: tranquilízate, inténtalo en las oficinas que Tráfico tiene en la provincia de Madrid o en las capitales de provincia más cercanas. Con escasa convicción, Javier conecta a través de internet con las dependencias de Trafico de Alcalá de Henares, Móstoles, Toledo y Guadalajara, con el mismo resultado: No conceden citas previas, están todas cubiertas.  El reloj marca las 12,57 horas, Javier está cabreado y, sobretodo, puteado y abatido.

El viaje a Madrid le ha costado dos días de permiso y más de 1.000 euros, pero lo grave es que no encuentra otra alternativa que solicitar una cita previa que, de acuerdo con la información del portal de Tráfico no es posible por ahora.  Javier está cansado, siente impotencia y rabia por una situación creada por la Administración, que hubiera tenido remedio con buena voluntad  de la misma.

Cuando medito sobre lo sucedido recuerdo una de las viñetas de Borges en la que “Blasillo”  acude al Ayuntamiento del pueblo para que le compulsaran la copia de un documento y el funcionario responde: No es posible,  el sello del estampillado está manchado y lo tiene la señora de la limpieza.

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