Por Pity Alarcón

Se celebró la entrega de los premios de periodismo Pedro Antonio de Alarcón. Mi aplauso al resto de los premiados, pero quiero detenerme en José María García, al que se le honró (el no respondió a tal honor) con el premio Pedro Antonio de Alarcón. 

El premiado comenzó su parlamento dirigiéndose al jurado del premio y diciendo algo así como “hay que tener huevos y valor como para darle el premio a un señor que lleva 18 años jubilado”, y llevaba razón. Porque no es un premio “a la trayectoria profesional”, que tampoco estaría justificado, es un premio nacional, o así se llama, que hubiese merecido otro comportamiento, por parte del fallido premiado. 

No dijo que le extrañara que un premio con el nombre de uno de los más insignes periodistas de su época; uno de los más importantes corresponsales del siglo XIX; uno de los escritores más preclaros de su tiempo, le fuese concedido a él, que nunca se distinguió por su “finezza” en el desempeño de su labor como periodista, otra cosa es su trabajo como  locutor deportivo durante años.  Bueno, a el no le extraño, a muchos sí, porque ni José María García podía haber llegado a más (nunca recibió un premio con este pedigrí) ni Pedro Antonio de Alarcón a menos al concederle tal honor a alguien como este informador deportivo. 

Seguramente porque como han pasado ya muchos años de que el estudiara, si lo hizo, periodismo, no queda en su discursos vestigio alguno de una asignatura que se daba en tercero de carrera y que se llama “Ética y Deontología Profesional”. Y eso le llevó a perder las formas; de las que nunca fue muy cuidadoso, y hacer alarde de una cierta mala educación que, como en muchas otras ocasiones, le hizo desbarrar. Porque  una persona educada no habla de  dinero. Eso, de verdad, queda bastante ordinario, y hasta patético. Presumir de dinero es porque se ha dejado de tener otras cosas y solo queda eso. En definitiva, su proclama fue de “pobre hombre”, que no de “hombre pobre”, que es otra cosa, como ustedes saben.  Y una persona educada no va a recoger un premio y lo estropea con sus excesos verbales y su no saber estar. Sí, una persona educada sabe comportarse y el nunca supo hacerlo, aunque se permitiera, en el colmo de la estulticia decir una frase de manual periodístico “No permitas que la realidad te estropee una noticia”, para impresionar a un auditorio que,  si comenzó soltando alguna risita por los comentarios, supuestamente graciosos del premiado, pronto percibió que ese  señor, que se permitía hablar de las mujeres en tono despectivo; que se ponía de ejemplo de decencia profesional  hablando de monopolios y de otras cosas que no venían a cuento; que arremetía contra tirios y troyanos al perder la noción de donde estaba y que hacía allí, utilizando esa tribuna para hacer demagogia, estaba enfangando con su verborrea barata un acto que debería esta lleno de dignidad. En definitiva, su intervención fue “caduca y trasnochada”,  como el acostumbraba a definir  a quienes quería descalificar cuando era el amo de las noches deportivas y jamás se atrevió a dar el paso a la información, pongamos por caso política, porque para eso, se necesita más formación y más conocimiento del que el ha mostrado siempre.

Vino a recoger el premio para arremeter contra  todos y todo: políticos, iglesia, mujeres, medios de comunicación. Y todo como es él, sin mesura, sin templaza, sin consideración hacia el auditorio, sin respeto a quienes puede que no coincidan con él.  En definitiva, se mostró como siempre fue, lo raro hubiese sido otra cosa. El acto demandaba otro premiado. Guadix no se merece que alguien venga a estropear una entrega de premios que debería enorgullecernos. Y Pedro Antonio de Alarcón se sentiría humillado con una perorata infumable, en un acto que lleva su nombre. 

Quizás, porque me honro en llevar ese apellido, yo también me siento así.

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