Por Francisco Hernández Cruz

La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero.

Ya lo escribió don Antonio, poniéndolo en boca de su apócrifo profesor, Juan de Mairena, en los años treinta del pasado siglo.

El estado de la cuestión es el siguiente: desde antiguo, la actual Unión Europea planificó, entre otras infraestructuras, un eje de desarrollo perdurable norte-sur, Estocolmo-Algeciras. Dicha infraestructura “alcanza los 3.500 Kilómetros, conectando a 245 millones de ciudadanos (el 54% de habitantes de la Unión Europea) y el 66% del producto interior bruto europeo”. Al entrar en España, este Cinturón del Mediterráneo, grosso modo, coincide con la autopista del mismo nombre, la española AP-7 y europea E-15 que, viniendo desde el Reino Unido, atraviesa Francia y llega hasta Algeciras. Se trata, por tanto, de un complejo circulatorio (carretera de alta densidad, ferrocarril de pasajeros y mercancías, alta velocidad, ancho internacional ―o adaptado; se están haciendo tramos en las dos formas—; comunicación con los principales puertos marítimos, etc.) y de desarrollo de las zonas que atraviesa. Como es lógico, semejante nivel de infraestructura conlleva una carga energética acorde con los fines perseguidos, de alto voltaje eléctrico. El hecho de que, en 1985, el Gobierno español (con la aquiescencia de la Junta de Andalucía, y de los diversos ayuntamientos afectados) cerrara la línea férrea Guadix-Almendricos, nos aleja, ahora, de formar parte del mentado Cinturón y, sobre todo, de lograr la anhelada energía eléctrica, básica e ineludible para el establecimiento en la zona de unas hipotéticas industrias capaces de frenar el movimiento emigrante que se inició en los años cincuenta, y que llega hasta hoy. Esta es, a nuestro entender, la verdad de los hechos.

Hace un par de años, Sergio del Molino sacó a luz su obra La España vacía. Viaje por un país que nunca fue. Tuve conocimiento de ello a través de una reseña del libro, magistralmente hecha, por Custodio Tejada. Tras detenida lectura y con obra tan bien documentada, no es difícil ver el que sea, quizá, el mayor problema que tiene España, el de su despoblación agrícola y aumento desmesurado de suburbios y demás periferia urbana industrial, auténticos guetos donde la convivencia se hace casi imposible de lograr… Desde entonces a hoy (¡Ya era hora! ¡Setenta años que se inició el proceso!), algunos políticos han sido incluso capaces de llevar el problema a las mismísimas Cortes Españolas, hablándose allí de la “España vaciada”, y otras lindezas por el estilo.

Como sabemos bien, la Granada interior (toda la provincia, exceptuando la capital y la costa) está inmersa en esa “España vacía” de la que nos habla del Molino. En términos generales, desde los años cincuenta hasta hoy, todas las poblaciones han perdido más del 50% de los habitantes que entonces tenían.

Aunque no hagan lo suficiente, nuestros políticos, nacionales, autonómicos, provinciales o municipales, saben perfectamente que la población solo se fija con el empleo de calidad. La poca juventud que aún no ha emigrado no quiere el trabajo agrícola, ni cualquier otro que no le proporcione la seguridad que le permita realizarse en la vida, formando una familia, con vivienda digna. Esto únicamente se logra con empleo estable y, como también saben bien nuestros políticos, al faltar capital autóctono, este hay (o habría) que captarlo de industrias que se instalaran en nuestras comarcas, todas las cuales poseen polígonos industriales infrautilizados, cuando no vacíos, ocupados solo por las empresas locales que llevaron allí su establecimiento. Se trata, por tanto, de buscar esas empresas y, mediante incentivos de todo tipo, lograr se instalen aquí, empleando mano de obra de las diversas localidades. Pero, ¡ay!, esas infraestucturas que se oferten (naves o parcelas, o cualesquiera otras que el ingenio atisbe) deben estar cubiertas con la energía necesaria que permita utilizar su maquinaria, hoy y dentro de cincuenta años. Y esa energía debe ser la máxima posible, en este caso la que conlleva el Cinturón del Mediterráneo, el máximo. No imagino nadie tan ingenuo que pueda pensar en cantidades energéticas inferiores, sobre todo si tenemos en cuenta la velocidad con la que avanza la industria…¡La pescadilla que se muerde la cola!

Ahora es el momento. La gran transformación del Mediterráneo se está haciendo. Los proyectos son aprobados en cada presupuesto nacional y autonómico. No hay que perder tiempo. Y sobre todo, tienen que olvidar el partido al que pertenecen. Diputación y ayuntamientos deben ir a una hasta lograr el bien de Granada, frenar su emigración. Deben ponerse al frente de sus respectivos gobernados y, como en Fuenteovejuna, llegar hasta donde haga falta, hasta lograr el objetivo. Si se viera necesario, también se podría invitar a la participación a los ayuntamientos murcianos próximos a la provincia, desde Caravaca de la Cruz a Yecla, además de Calasparra y Jumilla. De esta forma, la presión ante el Gobierno central podría aumentar (no soy político, desconozco esto último; lo digo desde el hastío de ver el desastre año tras año, sin que nadie mueva un dedo para solucionarlo), al participar otro gobierno autonómico…

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