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Temo no reconocerlo

Por Redacción
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Timeo Iesum transeuntem… Josú, por Dios también ¿Qué querrá decir esto? Es un pensamiento bellísimo de San Agustín. A mi este santo me gusta cada día más: ¿Os acordáis de aquello… “dame lo que pides y pide lo que quieras”? Evidentemente, si el Señor nos da todo el amor que nos pide, a partir de ahí puede pedirnos lo que quiera… con el amor total que Dios nos da, es fácil devolverle la totalidad de nuestro amor y nuestra entrega. Ahora, muy recientemente, he descubierto otro pensamiento agustiniano lleno de belleza y hermosura. Traducido del latín, vendría a decir: “temo que Jesús pase a mi lado y yo no lo reconozca”. Agustín tiene miedo de no advertir las múltiples presencias de Cristo. 

En uno de los prefacios del Adviento en el misal romano leemos algo así: el mismo Señor que vino humildemente a Belén, vendrá glorioso al fin de los tiempos y viene ahora, en cada persona y en cada acontecimiento, para que lo recibamos por la fe y por el amor demos testimonio de su cercanía… esta es la clave: el Señor se nos acerca en las personas y en los hechos. En los más solos y menos tenidos en cuenta de nuestro entorno familiar y social; en la mujer separada que se queda a cargo de los hijos “aborrescentes” sin la certeza de que su “ex” le pase ningún tipo de pensión… al menos hasta que haya sentencia tardía; en el joven que dejó el colegio demasiado pronto y ha tenido dos parejas con tres niños y medio y se encuentra, a los veintiocho años, sin cualificación, cargado de fracasos y lleno de derrotas; en la viejecilla, bastante gruñona, que atiende a las escasas llamadas telefónicas, protestando siempre porque no la llama nadie… lo que asegura la escasez de sus comunicaciones; en el parado de larguísima duración que se sabe definitivamente abocado a ser un simple “subvencionable estadístico”; en la persona cuyo duelo es epidémicamente insoportable porque no pudo, ni tan siquiera, despedirse del ser querido; en el niño abusado por un familiar cercano; en el refugiado que ahorra para suicidarse en el fondo del Mediterráneo a cuenta de una mafia criminal; en la niñita suramericana que jamás podrá pagar la deuda imaginaria de un viaje a España, en el que se le prometía un futuro laboral que ahora ejerce sola y exclusivamente en la dolorida entrepierna; en el ganadero que, detrás de toda una vida ordeñando vacas, prefiere tirar la leche a venderla por menos de su costo, con la sensación de haber hecho de toda su vida una perfecta “leche”; e incluso en el político al que todavía le queda un rincón en la conciencia para acordarse de las enseñanzas y buenos ejemplos de su padre y avergonzarse de la falsedad de su partido y de la suya propia… este último es un bien escaso pero, por aquello de la esperanza del Adviento, daremos por hecho que todavía queda algún rincón de la clase política con recuerdos y añoranzas de algún tipo de honradez. 

Ya veréis cómo podemos compartir el temor de San Agustín: Cristo pasa, repasa, requetepasa y nos traspasa… y nosotros, tantas veces, “pasamos” de su presencia cual anticuados pasotas. 

En esta Navidad, tan preocupada por el número de comensales, podríamos ocuparnos de reconocer a Cristo en cada persona y en cada acontecimiento. Acaso, así nos nazca Dios en el alma… que es el modo único de celebrar esta gozosa fiesta. 

Manuel Amezcua Morillas

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