Por N. REYNOL 

 No sé cómo  expresarlo,  pero  frecuentemente, el simbolismo de las manos me obsesiona.  Tiene, a nivel personal, un significado que va más allá de su condición de órgano del cuerpo y de sus funciones. Es algo que tengo interiorizado e íntimamente ligado a los sentimientos más nobles y puros del alma: el amor, la ternura, la confianza, el auxilio y el apoyo, la acogida…, pero también  a otros que no sé cómo calificarlos, pero tienen que ver con la seguridad,  la confianza la protección e, incluso, con  la belleza. Cuando pienso en ello, me viene a la memoria  las manos del pianista interpretando una sinfonía de Mozart o imagino las manos de Velázquez pintando Las Meninas o La rendición de Breda.  

Las manos de mi padre son el primer recuerdo permanente de ese cúmulo de sentimientos. No olvido su tacto. Tomaba mi mano durante un trecho del paseo  para guiar los primeros pasos y darme  la confianza que necesitaba el niño que descubría el mundo que le esperaba. Su mano era áspera y fuerte; ofrecía la protección  y el cariño que precisaba para emprender el camino de la vida. Después, sus manos me aupaban a su pecho que era  refugio,  paz,  descanso y sueño de los paseos precoces de la infancia. Eran sus manos, sus inmensas manos las que me transmitieron las primeras sensaciones de protección seguridad  y confianza que como niño necesitaba.

Es un recuerdo ingenuo, pero tomar por primera vez la mano de aquella niña, una tarde de primavera, fue como subir al cielo. Ella no había cumplido los quince cuando  la moral y las costumbres no eran las de ahora;  éramos dos adolescentes que creímos descubrir el amor, lo decíamos con la mirada mientras entrelazábamos  las manos percibiendo  la suave calidez de la piel de los dedos. Su contacto portaba un mensaje de ternura, aunque en aquel momento no éramos conscientes de que aquella vivencia, tan limpia y sincera, no volvería a ser jamás la misma, siempre faltaría la magia del lugar y los sentimientos de la juventud iniciada.

 Las manos también me traen el recuerdo  de mi madre postrada en el lecho, silenciosa y doliente, cuando ya solo se comunicaba con la mirada, sus manos transmitían cariño y pedían comprensión y  paciencia. Sus manos inertes, delgadas  y frías eran el preludio de una vida acabada pero todavía con fuerza para transmitir sosiego, paz y esperanza.

Las manos, siempre las manos. Es una constante que me  produce reflexiones sobre  los sentimientos íntimos y también inconfesables de las personas. Hace muchos años en una visita a un  centro de educación especial me llamó la atención la mirada de un pequeño. Podría tener 8/9 años y estaba afectado por el síndrome down. Cuando pasaba por su lado acaricié su cabeza, volvió su mirada, tendió su mano  y yo la tomé. Siguió la visita y Miguel, así se llamaba el pequeño, no soltaba su mano de la mía. Percibía su calor y la lisura de su piel mientras él

apretaba mis dedos, como si buscase  seguridad, protección o quizás cariño. El contacto me producía cierta sensación de bienestar pensando que el niño era feliz cogido de mi mano. La visita continuó y Miguel feliz y sonriente respondía, con un lenguaje difícil de entender, preguntas elementales que yo le formulaba. La visita casi tocaba a su fin y ya pensaba como podría dejar la mano de Miguel que continuaba aferrada a la mía al tiempo que buscaba  mi mirada. Sentía preocupación y angustia por el momento que se acercaba porque no encontraba la escusa para dejar la mano del niño. Seguramente, uno de los acompañantes se dio cuenta, le susurró algo a Miguel, soltó mi mano y corriendo se perdió  al fondo de un pasillo. Sentí pena y sosiego. Durante días quise encontrar una explicación a aquel acercamiento buscando para mi tranquilidad una respuesta: Miguel era un  interno del centro y necesitaba seguridad, protección y, seguramente, cariño, y durante un rato lo encontró en unas manos ajenas. 

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