Por N. REYNOL

Hace unos meses el suplemento dominical de un periódico publicó un amplio y documentado reportaje, ilustrado con la fotografía de una mujer de 70 años aproximadamente, que centró mi atención durante segundos.

La mujer destacaba en un primer plano y tras ella asomaban dos macizos de plantas y una verja de hierro que, posiblemente, daba paso a la vivienda del fondo de la fotografía.

De complexión menuda, melena corta y gafas de vista, la mujer  miraba con curiosidad hacia un lugar fuera del encuadre, entrelazando los dedos de ambas manos a la altura del pecho, como si con este gesto pretendiese guardar su intimidad.

Vestía jersey rojo con pantalón oscuro y tapaba su cuello con un pañuelo jaspeado que le daba un aire distinguido y burgués, aunque, a mi juicio, era la fragilidad de la mujer  lo más destacable de la fotografía

La realidad era bien diferente. El encabezamiento del reportaje, con caracteres destacados, rezaba: “Esta es la terrorista que mató a 13 personas en la calle del Correo de Madrid”.

El reportaje continuaba informando que el atentado se cometió hacía 45 años y que la autora desapareció tras la colocación de los explosivos. Posteriormente, se benefició de la ley de  amnistía de 1977 y en la actualidad reside en un pequeño pueblo del País Vasco francés con su marido, que también participó en el atentado.

La información no cuadraba con la imagen de fragilidad que ofrecía la mujer de la foto. Más aún, parecía imposible que aquella persona de aspecto inocente, respetable y despreocupado hubiera sido capaz de producir tanto dolor.

Durante un amplio espacio de tiempo he tenido la oportunidad de reflexionar y comprobar cómo las apariencias cambian la realidad, convirtiendo el mal en bien, el blanco en negro o el saber en ignorancia. Esto no es nuevo. Una mirada al pasado es suficiente para comprobar las consecuencias de los comportamientos aparentes, bien a nivel individual, bien de forma colectiva, aunque es obligado decir que, en la sociedad actual, las apariencias se han convertido en un elemento que impide o dificulta ver las cosas en su dimensión real y verdadera.

Hoy, 2 de diciembre, domingo, antes de concluir esta reflexión,  leo otro reportaje del suicidio de Alicia ante la llegada de la comitiva judicial para proceder a su desahucio de la vivienda que no podía pagar.

Alicia era una mujer distinguida, educada y solitaria, que ocultaba su intimidad y nadie supo jamás la realidad de su vida, aunque las apariencias ofrecían la imagen de una persona acomodada y sin necesidades materiales

Dice un viejo refrán español que” las apariencias engañan” y no solo, engañan, son propias de la condición humana y con ellas hemos de convivir  sin saber que realidad esconden.

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